El robo en la estación Howrah

©Marcelo Caballero

Deseo inaugurar este blog con un texto que pertenece a un compilatorio de relatos de viaje llamado “Pasajeros del devenir” que permanece ínédito en un disco duro. Supongo que a partir de ahora no será tan inédito y estoy muy feliz de usar esta página para que alguien lo lea. Ese es mi humilde propósito.
Enhorabuena a los caminos de la literatura, de las ideas y de la fotografía que se unen sin darnos cuenta de una manera muy productiva…

“Poco después que sus amigos partieron hacia Katmandú, quien viaja sintió algo que le anudaba el pecho, algo que le decía que debía regresar a Calcuta. Entonces emprendió la vuelta. La contaminación, la falta de espacio y el tráfico humano le hicieron olvidar pronto la vida tranquila y espaciosa de Darjeeling.
Viajó sin haber pagado el boleto…..durante doce largas horas estuvo parado frente a la entrada de los baños hasta que ya cerca de la antigua perla británica pudo sentarse en un pequeño espacio de una litera atestada de hindúes.
Pronto el tren llegó a la estación y quien viaja observó que salir de la estación iba a resultar caótico. Entonces decidió esperar a que todos bajaran.
En ese momento un joven se le acercó para ofrecerle ayuda por una propina. Quien viaja agradeció el gesto pero lo rechazó de inmediato: no tenía dinero de más.
Mientras todo esto pasaba, un niño entró por la ventana, tomó su bolso y como un fantasma desapareció. Cuando quien viaja se dio cuenta, todo fue demasiado tarde.
Lloró de impotencia pero no se resignó a creer lo que le estaba pasando. Tenía que haber una solución, un camino o varios. En esa jauría humana buscar su bolso era un acto de estupidez entonces la impotencia dio paso a la ira.
La curiosidad de la gente es igual en todas partes del mundo y la India no es la excepción. En minutos decenas de indios lo rodeaban sin entender bien que pasaba. No importaba. Ninguno hablaba inglés y les resultaba muy gracioso ver a un occidental gesticular o lanzar palabras incomprensible al aire.
De pronto un anciano se acercó y con una gran sonrisa comenzó a hablar en un inglés bastante comprensible y le aconsejó realizar lo más pronto posible una denuncia a la oficina policial de la estación.
Le hizo caso. Dejó atrás el andén, entró a la galería principal y en el fondo de la misma descubrió el local policial.
Durante casi una hora, trató de explicarles con una paciencia al límite a dos uniformados lo sucedido. Estos apenas hablaban inglés y no estaba seguro si le habían entendido todo. Por si esto fuera poco, dieron señales de fastidio y le pusieron frente a él unos papeles que debía llenar y todos estaban escritos en bengalí. Así que escribió su nombre en algún lugar, el teléfono del hotel en otro, su país de origen en otro lado y una firma final para sacarse de encima todo ese papeleo.
Y luego esperó a ver que pasaba. “ Después de todo, que pierdo?” se autoconvenció quien viaja. Los hechos comenzaron a tomar forma cuando lo invitaron a reconstruir el robo en el lugar donde se cometió.

Ya no sabía si el desgano de esos dos hindúes era por no saber que hacer o por el calor agobiante del momento. Lo cierto es que en medio de la galería principal uno de ellos, el más bajo de estatura preguntó con una fonética a lo Tarzan: “¿uear is de plais?”.
En minutos el grupo se encontró en el lugar del robo y le pidieron a quien viaja que volviera a explicar lo sucedido.
Entonces ocurrió un imprevisto: el policía bajito empezó a correr entre la inflamada multitud gritando en bengalí. Todos lo dejaron pasar y quien viaja observó que el uniformado agarró a un niño en las vías y lo trajo casi arrastrándolo hacia el grupo. Tenía cara de triste y no aparentaba tener más de diez años. Pero más allá de ello parecía ser sólo un niño de la calle como tantos en esa ciudad de pobres y ausentes.
Apenas miró a quien viaja, el pequeño se puso a llorar con ganas. Pero cuando se puso a gritar, el policía le pegó una cachetada tan fuerte que todos los que pasaban por allí se pararon a observar la escena. Por primera vez quien viaja se olvidó del robo del bolso.
Entre tanto los policías le sugirieron que no era necesario que se quedara más tiempo allí y lo invitaron a retirarse. Y antes que se marchara de la estación, el mismísimo comisario se le acercó y como si fuera un familiar cercano le prometió noticias por la tarde.
La ira dio paso a la tristeza. Que le hayan pegado a un niño era un atropello y ya en la calle reflexionó un poquito más sobre lo sucedido y el robo era ya un dato casi sin importancia para él.
Tomó un atestado bus que lo dejó en la calle Sudder de Chorwingee como una hora después. A tan sólo unos pasos estaba su albergue: el Army Salvation. Cuando se aprestaba a entrar por el portón del hostel de los misioneros sintió desvanecerse, una intensa fiebre se apoderó de su cuerpo.
Durmió muchas horas hasta que el sopor lo despertó. Calcuta a esa hora era un infierno de gente y calor. No sabía si era la misma tarde o la siguiente. Entonces como un sonámbulo se levantó y retornó como pudo a la estación
Volvió a aguardar en el mismo salón de espera hasta que el mismo policía que le pegó al niño se le acercó y le hizo entender con señas y tarzanescos vocablos anglosajones que tenga paciencia que el comisario ya lo iba a atender.
De pronto la puerta del jefe se abrió y una voz capitana le sugirió entrar : Camon!!! Camon!!!. Quien viaja se sentó frente a él y lo intimidó el grueso bigote negro del comisario. A pesar de su amplia sonrisa no le gustaban mucho los policías. Le traían malos recuerdos.
Durante un instante creyó que todos allí le estaban haciendo una broma pero el bigotudo, de pronto se agachó y sacó por debajo del escritorio un envoltorio negro. Lo puso sobre la mesa y quien viaja con asombro comprobó que allí adentro estaba su querido bolso. Lo abrió y chequeo todo su interior. Estaba casi todo.
“uear ar iu from?” preguntó curioso el comisario. “Argentina, sir”. Y el hindú de los bigotes volvió a esgrimir la amplia sonrisa del principio. ¡Maradona! dijo. Y quien viaja no sé por que recordó a la policía de su país, su accionar corrupto, la inseguridad de la gente y sin levantar la vista del bolso agradeció al indio, invitándolo a sacarse una foto con su cámara reflex recuperada.
“¿Pueden ponerse todos acá?- le dijo a la comitiva policial que como en un día de gracia rodeaban al comisario. “¿ y usted? a mi izquierda..por favor!!” le indicó al policía que cacheteó al niño aquella mañana. Lo encuadro cerca pero afuera del visor de la Nikon FM. Entonces sonrió y apretó el obturador, no quería llevarse ningún recuerdo de aquel bajito hombre bengalí.”

                                                  ©Marcelo Caballero

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4 respuestas a El robo en la estación Howrah

  1. Xevi Jaime dijo:

    Enhorabuena.
    Tú estrenas blog y yo los comentarios 🙂
    nos leemos.

    xevi jaime

  2. por supuesto, Xevi!! un abrazo

  3. Tomás dijo:

    y la foto con los policias?!

    buena historia! felicitaciones por el blog!

    saludos

  4. Gracias Tomás…tengo la foto de los policías en blanco y negro pero en Argentina y como vivo en España, no me fue posible tenerla. Es por ese motivo que no la puse….
    Un día de estos me paso por tu blog que parece muy muy interesante. Un abrazo!!

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