Mis perros no me quieren

Les doy su comida diaria a la hora. No les falta el agua. Los saco a pasear dos veces al día, llueva, truene o haga un sol de justicia. Les pongo música. Procuro evitar las emisoras de todo noticias. Los baño dos veces al mes. Compruebo si me aceptan. Para ello estiro las manos por encima de sus hocicos. Después de olerlas, si se quedan tranquilitos y sus cabezas se sitúan por debajo de mis manos, entonces me aceptan. Cuando me ven no agitan la cola para recibirme, como signo de amor. No me quieren. Consulté a un encantador de perros que me confirmó lo que sentía. Los devolveré a su antiguo lugar, la bandeja del maletero de mi coche como un bonito adorno de fieltro. Desde allí al menos dirán si, no, tal vez al primer bache.

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